Oh, Ciudad, cubre de ceniza
este cuerpo blando.
(Antes de que nos gane terreno
el humo embrutecedor
o el peso bruto del hambre
te devore las arterias,
antes de que ceda el dique
de espanto que nos templa,)
Te pronuncio mía.
Te hago saberte
toda tú,
toda tu muerte, mía,
toda tu sangre podrida
y tu sabor a gente fúnebre.
Que es mía tu piel de asfalto
y mío el tatuaje de tu pólvora,
que tu cielo cuelga de mis cabellos
y de mis postes más altos,
que tus traidores son míos
y tus héroes mis mismos héroes,
todos enterrados, juntos, lejos,
mis amantes, amigos míos.
Que me pertenecen tus alaridos
y tu silencio de tierra,
te sabes
tierra perdida, carne que llora
en silencio
entre sus piernas de acero.
Que hago mías tus piernas de acero,
tus tardes, tus canciones de amor
casi luctuosas.
Que no vale la pena
clavarme las garras
porque la pena es tuya,
como el placer es tuyo,
el placer de clavarme la pena
hondo
porque, al fin y al cabo,
nos herimos,
nos engendramos,
nos pertenecemos,
nos estamos muriendo
juntas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


1 penitentes cerebrales:
Ay Ciudad! Una ciudad, es todas
Publicar un comentario en la entrada